Erizipela Rotondo
“Escribo porque estoy enfadado con todos ustedes, porque estoy enfadado con todo el mundo. Escribo porque me encanta sentarme en una habitación y escribir todo el día. Escribo porque sólo puedo participar en la vida real cambiándola. Escribo porque quiero que los demás, todos nosotros, el mundo entero, conozca la clase de vida que hemos llevado, y seguimos llevando, en Estambul, en Turquía.”
“Puede que escriba porque espero entender por qué estoy tan sumamente enfadado con todos ustedes, tan sumamente enfadado con todo el mundo”
Orhan Pamuk. La maleta de mi padre
HABLA LA DESIDIA
Así como no ha mucho que mi hermanastra la Locura, Necedad o como queráis llamarle, se posó ante vosotros, para hablaros de lo mucho que hay de ella en cada uno y en todas las cosas vivas y no vivas que existan o existiesen, yo, la Desidia, tomo mi oportunidad de hablar sólo para deciros que no debí haber venido. Pero me diréis entonces — ¡nos habéis hecho venir en vano! Y para no defraudar a mi propia naturaleza y a mi descendencia, que en gran medida sois todos vosotros, abúlicos oidores, os diré que sí y que me importa un bledo, pues de otra manera iría en contra de todo aquello que me constituye y me entroniza como la reina de vuestra Facultad de Filosofía y Letras.
No obstante, creo pertinente no hacer que perdáis vuestro sagrado tiempo enojándoos y diciendo cosas de mí por aquí o por allá, y os relataré entonces algunas nimiedades que, en las últimas eras de la humanidad en la tierra, he ido acumulando en mi pensamiento y que parecen ir todas, sin excepción, encaminadas a ser escuchadas por vuestros oídos en este recinto del saber y la erudición.
I
Comenzar por el principio es cosa de gente demasiado sana y como no tengo seguridad alguna con relación a mi progenie o mayor certeza que la que vosotros podáis darme acerca de mi descendencia, no introduciré este discurso que os ofrezco con nada que tenga que ver con mi pasado o mi porvenir, y dirigiré toda mi atención y el poco espíritu con el que cuento a mostraros lo que veo de mí en el presente. Un presente que ha perdido toda máscara para brotar como un botón cerrado durante la noche, que abre sus pétalos con los primeros estertores de la oscuridad y que se muestra tal y como es: la transmutación de la hipocresía en cinismo.
¿No os reconocéis en mí? ¿No sois todos vosotros un espejo en el que no veo otra cosa que mi mismo rostro? ¿No soy yo acaso la representación material de aquello que intentáis esconder en vuestros corazones? Dicen que los hijos tienen siempre algún parecido con los padres que les dieron la vida. Inútil resulta ocultarlo ahora, las actitudes revelan nuestro carácter, ¡miradme!, jamás he tenido cosa semejante, jamás he sido valiente, comprometida o participativa; aquellos que me engendraron no depositaron en mi sentimientos diferentes a la indiferencia, la flojera o la estulticia, y yo, que os he engendrado a vosotros, no he podido hacer la diferencia.
Tenéis razón si en vuestro pensamiento persiste la idea de que no soy nadie para hablaros así, pero permitidme continuar y seguir hablándoos tiernamente como una madre que orienta a sus hijos en la naturaleza de sus actos, siempre con la verdad, pues no soy amiga ni siquiera lejana de la mentira. Os veo tristes hijos míos, pero no veo en vuestros ojos aquella tristeza llena de amor y sinceridad que se le ofrece como sacrificio al ser amado que se ha ido o al amigo que se ha perdido en sí mismo entre tanto desatino. Veo en vosotros, en vuestra alma, la misma tristeza que he sentido yo durante milenios cuando despierto por la mañana o cuando me retiro a mis aposentos; esa tristeza constante de la que sólo alguien como yo toma conciencia y que sólo es posible mitigar con algo de lo que carezco desde mi nacimiento y que por todos lados me es contrario: el compromiso.
¿Y cómo es que veo en vuestros corazones la miseria que produce la falta de compromiso? Para aquellos que no se encuentran bajo mi tutela y mi cobijo, para todos aquellos que vuelcan su espíritu y derraman la felicidad propia a su alrededor, hacia los seres que más aman e incluso hacia los que les son desconocidos, esta miseria es ajena y extraña, pero para vosotros hijos míos, nacidos bajo la misma estrella que propició mi alumbramiento, es imposible que os pase desapercibida. ¡Vuestros rostros y vuestro cuerpo hijos míos! ¡Fijaos! Vuestras ventanillas que no ofrecen nada más que opacidad y tinieblas; vuestros labios que no se abren más que para alimentar vuestra barriga o para confundir al mundo con necedades; vuestro cuerpo exangüe, consumido por el peso de una vida que, corta o larga, no os brinda más sentido, ni más razón de ser que la decadencia de una especie que a nuestro parecer ha nacido muerta o condenada por lo inexorable.
¿Os empezáis a reconocer queridos? Os empezáis a ver vagando por estos pasillos de hospital psiquiátrico; sentándoos placidamente sobre la efigie de una tal Palas Atenea, diosa por demás extraña y poco divina; escuchando sin interés alguno las palabras de alguien que ha caminado por más tiempo a lo largo de esta tortura que es la vida; leyendo libros que no os dicen nada más que lo que vuestros oídos sordos desean escuchar; profiriendo insultos hacia aquellos que os muestran sus vigorosos brazos, su sonrisa alegre y sus ojos claros; menospreciando luchas y combates de sangre por miedo a resultar heridos; volteando el rostro hacia todo aquello que extinga lo que hay de mí, vuestra madre, en vosotros; burlándoos de las palabras que aquellos, que no han sido tocados por mi cetro, tienen para vuestras almas dormidas; hablando de todo menos de lo que de verdad conocéis; mostrando por fuera todo de lo que carecéis por dentro.
II
¡Os felicito por ser ciegos incluso a mi presencia! De vez en vez recorro, invisible, los salones, escaleras y pasillos de vuestra facultad, nuestra facultad, y observo en todos los rincones lo que hay de mí en vosotros, en cada uno de vosotros. Quedan aún almas libres de mí y de todo lo que es mío, pero para mi orgullo son muy pocas en comparación con vosotros, nobles, con todos vosotros que no hacéis más que repetir mis enseñanzas y despreciar las palabras de aquellos seres libres. Con qué exaltación acojo verlos devorando vuestros sagrados alimentos al calor de una sucia, costosa e insana fonda; participando en elecciones que de antemano se encuentran corrompidas por el interés de quienes están completamente ajenos a los problemas que os pertenecen, únicamente con el fin de delegar en ellos una responsabilidad que para vuestra alma y vuestro cuerpo es demasiado abrumadora.
Qué felicidad embarga mi corazón cuando todo intento de aquellos seres libres por redimir estos espacios en los que la discusión y el diálogo han sido extirpados por la codicia y la ambición, se ve interrumpido y sofocado por el desinterés y la indiferencia de todos vosotros. Macetas en las ya pequeñas explanadas de la facultad; salas de lectura en el Ágora; cuotas inauditas en salones de Educación Continua, etc., ejemplos todos de la influencia que mi ser ha inculcado en ánimos débiles e inertes, cerrados a la discusión, al debate, a la charla, aprisionados por un horizonte estrecho que sólo permite ver la extensión del libro vacío, ajenos a la libertad de hablar cuando os dé la gana. Animales de engorda que reverberan el mugido de quien está a su lado, siempre y cuando éste suene opaco y no diga nada más que lo que ya ha sido dicho en la televisión, la radio o la Internet. Con qué orgullo veo los labios cerrados frente a la expulsión de todos los vendedores, trabajadores como vuestras familias, del pasillo de ingreso a la facultad. Labios cerrados que demuestran la lealtad que tenéis hacia mí y hacia mis instituciones, sobre la que tenéis hacia vuestras familias y amigos, hacia vuestro verdadero pueblo, vuestros verdaderos hermanos.
¡No os liberéis hijos míos! ¡Seguid como hasta ahora lo han hecho! ¡No hagáis caso de lo que esos idiotas dicen por ahí de mí! ¡Soy yo vuestra madre, la única madre que han tenido y que tendrán! ¡La única que no os ha ofrecido esperanza alguna! ¡La única que no os ha mentido, ni os mentirá! ¡Miradme de nuevo en todo mi esplendor! ¡Sentid esa tristeza de la que os he hablado como algo vuestro!
¿Reconocéis que sois desidiosos? Me alegro.
Os ofrezco este discurso que me elogia, os elogio a vosotros.
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